Alquimia doméstica
Los problemas son meras interpretaciones sobre los entretenimientos, desafíos e hitos que nos presenta la vida. Ayer, por ejemplo, luego de averiguar que las reparaciones que necesita el auto cuestan medio sueldo, corté el cable del embrague cuando estaba por volver del trabajo a casa y no pude salir. Pude enojarme, angustiarme, incluso desesperar. Pero llamé a mi padre y le pedí que trajera la camioneta para llevarme a tiro, y mientras esperaba, en la noche lluviosa y fría, tomé los cuentos de John Cheever y me puse a leer algunos a la luz de una farola, cómodo en el interior. El "problema" trajo como consecuencias hasta ahora: un hermoso rato de lectura; un favor de mi padre (siempre son buenas las relaciones de cooperación entre seres queridos); una aventura divertida desde la madrugada -me tocó el turno de mañana el día siguiente, o sea hoy-, a pie, en colectivo y otra vez a pie, desde el extremo sur al extremo norte de la ciudad, hasta la oficina en mitad del campo donde trabajo, escucho jazz y escribo. Recién llegado, devolví el favor de mi padre, a un policía cuyo Renault 12 precisaba un empujón para encender, y no encontró ayuda en sus compañeros de turno. Mi buena predisposición hizo humo su "problema". Ahora escucho el viento, que despejó la tormenta. Empieza a clarear por la ventana del Este. Dice Lair Riberiro, un autor de libros de superación personal: "Los errores son grandes momentos de nuestra existencia". Creo que sí.
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